Esteban González llegó a Querétaro con un título bajo el brazo, pero no con la intención de vivir de él. Después de llevar a Coquimbo Unido a su primer campeonato, el entrenador chileno decidió cruzar la frontera y aceptar un desafío distinto: participar en la construcción de un proyecto que pretende combinar formación, metodología y tecnología para darle una nueva identidad a los Gallos Blancos.
Tenía conversaciones para renovar en Chile. El campeonato había abierto puertas y sabía que podían aparecer ofertas. Pero la propuesta de Querétaro terminó por inclinar la balanza.
“Después de una campaña así, Coquimbo también merecía que su entrenador fuera al extranjero”, explica.
Lo que encontró en Querétaro fue algo que le resultó familiar y, al mismo tiempo, completamente diferente. Un club que busca reconstruirse desde sus bases, con jugadores jóvenes, elementos provenientes de la Liga de Expansión y una estructura que pretende utilizar los datos como una herramienta para tomar mejores decisiones deportivas.
“Me gustó mucho el proyecto del club. Son personas nuevas, tiene un proyecto interesante, muy innovador y hay muchas cosas en común que se parecen mucho con Coquimbo”, señala.
González no llegó solamente para escoger una alineación cada fin de semana. Su tarea forma parte de un proyecto mayor.
Uno de los elementos que más le llamó la atención fue el modelo de análisis de datos que Querétaro pretende desarrollar.
La idea es utilizar información de distintas ligas y jugadores para encontrar perfiles que respondan a las necesidades específicas del equipo. El software puede identificar características, comportamientos y estadísticas, pero González pone un límite muy claro: la computadora no sustituye al entrenador.
“El software no te dice qué jugadores colocar”, explica.
Ahí comienza el trabajo del cuerpo técnico. Los datos se cruzan con el análisis táctico, la observación del jugador, el contexto del partido, el rival y las necesidades concretas del equipo.
Querétaro puede buscar, por ejemplo, un defensor con determinadas características en el juego aéreo, capacidad de anticipación o salida de balón. El sistema abre el abanico de posibilidades; después entran el presupuesto, el contexto de la plantilla y la valoración futbolística.
La misma lógica se traslada al análisis de los partidos.
Cuántas veces un equipo llega al área, cómo defiende, dónde recupera, cuántos duelos gana o pierde. Todo puede convertirse en información para diseñar una semana de entrenamiento.
Pero el objetivo final no es llenar de números la cabeza del futbolista.
“Al jugador tratamos de que la información sea la justa y necesaria”, dice.
En lugar de entregarle una colección de estadísticas, el cuerpo técnico selecciona determinadas acciones, las muestra en video y después las lleva al entrenamiento.
La tecnología, entonces, no reemplaza el ojo del entrenador. Lo obliga a mirar más.
“Mientras más variables tengamos para controlar, va a ser mucho mejor para nosotros”, sostiene.
Para González, el verdadero valor de los datos aparece cuando estos terminan convertidos en una decisión dentro de la cancha.
El jugador no puede detenerse a pensar en una estadística antes de cada pase, cada cobertura o cada duelo. Tiene segundos para decidir. Por eso el cuerpo técnico busca transformar toda la información acumulada en hábitos.
El lunes puede trabajar una situación determinada. El martes, otra. El rival modifica las tareas y el contexto cambia. La información sirve para diseñar esos ejercicios, pero la finalidad siempre es la misma: que el futbolista llegue al partido con mejores herramientas para interpretar lo que ocurre.
“Lo que queremos nosotros primero como cuerpo técnico es mejorar al jugador, primero en la parte técnico-táctica individual y segundo en el tema colectivo”, explica.
Es ahí donde González encuentra una de las grandes diferencias entre tener datos y saber utilizarlos.
El modelo puede sugerir un perfil. La estadística puede detectar una tendencia. El video puede mostrar un error. Pero el entrenador debe decidir cómo convertir todo eso en aprendizaje.
Y Querétaro quiere construir desde ahí.
González no llegó a México prometiendo títulos.
“Lo único que prometí fue trabajo”, afirma.
Su filosofía parte de una palabra que repite constantemente: competir.
No entiende la competitividad como una declaración de intenciones ni como la obligación de vencer a los equipos con mayor presupuesto. Para él, significa competir cada duelo, cada jugada y cada minuto.
“Así como le podemos ganar a cualquiera, también podemos perder con cualquiera”.
En una Liga MX donde las diferencias económicas entre clubes pueden ser enormes, esa mentalidad adquiere todavía más importancia.
González reconoce que México está muy por encima de Chile en capacidad económica y que los clubes con mayores presupuestos tienen acceso a un mercado de fichajes más amplio. Pero también ha descubierto una liga en la que cualquier equipo puede complicar al rival.
Por eso no quiere que Querétaro entre a los partidos contra América, Toluca, Cruz Azul, Tigres o Monterrey sintiéndose derrotado antes de jugar.
“Primero antes de jugar se parte de la actitud”, sentencia.
Y lo resume todavía más claro: “La actitud no se negocia”.
La apuesta de Querétaro tampoco se limita al primer equipo.
González encontró un proyecto que pretende conectar fuerzas básicas, futbol femenil y equipo profesional. Para él, la formación de jóvenes no debe entenderse únicamente como una necesidad económica, sino como una filosofía institucional.
Los jugadores jóvenes tendrán oportunidades, pero deberán ganárselas.
El entrenador habla de esfuerzo, sacrificio, alimentación, descanso, disciplina y capacidad para entender los momentos de la carrera. Antes de pensar en llegar a Europa, considera que el futbolista debe aprender a comportarse como profesional.
Y cree que México tiene talento suficiente para exportar jugadores.
“¿Por qué el futbolista mexicano no puede dar el salto al extranjero?”, se pregunta.
Su respuesta apunta menos a la falta de condiciones y más a la necesidad de construir procesos.
Para González, el límite muchas veces comienza en la cabeza.
“No tener límites primero viene de la cabeza”.
Por eso considera fundamental que el jugador se forme desde fuerzas básicas y que exista una ruta clara hacia el primer equipo.
Coquimbo Unido y Querétaro representan dos momentos completamente diferentes.
En Chile, González encontró un proyecto que ya tenía una infraestructura consolidada y una metodología en crecimiento. El resultado terminó siendo un campeonato conquistado cuatro fechas antes del final.
En Querétaro, en cambio, encontró piezas que todavía deben ensamblarse.
Hay futbolistas que vienen de procesos anteriores, jóvenes de fuerzas básicas y jugadores procedentes de Expansión que necesitan un periodo de adaptación.
El desafío consiste en conseguir que todos entiendan una misma idea.
“Tenemos que juntar a todos esos jugadores y llevarlos a la idea que queremos”, explica.
Por eso no mide todavía el éxito únicamente por la posición en la tabla.
Una buena campaña, para él, empieza por conseguir que el equipo tenga una identidad reconocible.
“Ser buena campaña es ser competitivo”.
La clasificación a la fase final sería, por supuesto, un objetivo atractivo. Pero González sabe que Querétaro compite contra equipos que llevan años construyendo estructuras y plantillas.
No quiere utilizarlo como excusa.
Prefiere pensar en el siguiente partido.
El calendario le ofrecerá pronto una medida de lo que puede ser este proyecto.
América, Toluca, Cruz Azul, Tigres y Monterrey aparecen como pruebas para un equipo que todavía está construyendo su identidad.
González, sin embargo, ve esos encuentros como oportunidades.
Son partidos atractivos para el jugador y, al mismo tiempo, una vitrina. Un buen rendimiento contra los clubes más poderosos puede abrirle puertas a un futbolista.
Pero antes está la preparación. “Son lindos partidos, atractivos para todo el mundo”, reconoce.
Su objetivo será que Querétaro no llegue a esos encuentros condicionado por el nombre del rival.
Once contra once, el entrenador vuelve al principio que ha marcado su llegada a México: competir.
González también evita hablar de Europa, de nuevos clubes o de un futuro más allá de Querétaro.
Después del salto que significó salir de Chile, considera que ahora debe concentrarse en demostrar que puede construir algo en México.
“Paso a paso”, repite. La prioridad está en el entrenamiento, en el diseño de las tareas, en transmitir al jugador la información necesaria y en conseguir que la idea aparezca incluso cuando cambian los nombres.
Para él, el verdadero indicador de que el equipo ha entendido su filosofía no será solamente ganar.
Será observar que un jugador entra por otro y el funcionamiento no cambia. Que una expulsión no destruya la estructura. Que los suplentes entiendan los mismos principios que los titulares.
Ahí, considera, comienza a aparecer un equipo. Querétaro todavía está en esa etapa.
El campeonato de Coquimbo quedó atrás. Ahora González tiene delante un proyecto que quiere construir con paciencia, pero también con una exigencia inmediata: competir.
Entre algoritmos, videos, jóvenes, metodología y una Liga MX mucho más poderosa económicamente que la chilena, el entrenador tiene una idea sencilla para explicar el camino.
El dato puede ayudar a encontrar el jugador. La táctica puede ordenar al equipo. El trabajo puede mejorar el futbolista.
Pero para González hay algo que ninguna herramienta puede sustituir: la actitud.
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